Algunos dicen que es la crisis petrolera más grave desde la década de 1970.
En las estaciones de servicio de Tailandia y Vietnam, ya no se puede conseguir combustible, lo que ha obligado a la gente a trabajar desde casa; las fábricas de chips de Corea del Sur están empezando a preocuparse por el suministro de helio; Japón ya está hablando de comprar petróleo de Alaska; las agencias de ayuda alimentaria en África se preocupan por dónde encontrar alimentos si la guerra continúa otros tres meses.
Todas estas cosas están sucediendo esta misma semana. El impacto de la guerra en el mundo es más caótico de lo que imaginábamos.
Desde que estalló la guerra en Medio Oriente, el estrecho de Ormuz prácticamente ha dejado de funcionar, dejando en el aire casi el 20% del suministro mundial de crudo y gas natural licuado. El precio del petróleo se disparó un 40% respecto al nivel previo a la guerra, superando los 110 dólares por barril, e Irán ha declarado públicamente que su objetivo es llevar esta cifra a 200. Las instalaciones de GNL de Ras Laffan en Qatar fueron bombardeadas, un nodo de suministro que representa el 20% del comercio mundial de gas, y su capacidad podría tardar años en recuperarse.






